Viaje a la soledad

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Entre Lérida y Valencia, algo más de 1.100 kilómetros permiten vivir la experiencia de la tierra y de la soledad, pedaleando por pistas de tierra y pequeñas carreteras.
Como amante de la tierra, de las geografías ocultas e ignoradas y del nomadismo ciclista, mi inquietud me llevó el verano pasado a plantear este recorrido por paisajes abiertos, rurales, inertes. Paisajes ajenos a lo efímero, repletos de soledad. Transitar por estos es sumergirse en la experiencia del margen, fuera del tiempo presente; volver a un momento pretérito donde el tiempo es tiempo, sin fugacidades; donde la tierra, el polvo y las piedras lo inundan todo en una especie de proyección continua. Un viaje de contrastes temporales, territoriales y paisajísticos que tienta con el silencio de la despoblación a quienes habitamos en zonas con alta densidad demográfica.
Los espacios solitarios de este viaje transcurren por geografías con infinitas ondulaciones a pérdida de vista, donde el pedaleo se asemeja a una navegación terrestre por un mar de olas pétreas, bajo cielos limpios de contaminación y exageradamente estrellados por las noches.

Los Monegros
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Sariñena es la puerta de entrada a este pequeño desierto, uno de los más septentrionales de Europa. A Sariñena se accede por eternas rectas de grava, carreteras señalizadas pero no asfaltadas, al más puro estilo del Midwest americano. La zona es esteparia y el carácter humano semi-árido. Todo se contagia en una especie de harmonia orgánica. Los Monegros imponen su ley. El territorio y su gente tienen sus propios mecanismos de funcionamiento; hay que respetarlos. La tierra sin agua deja al descubierto fantasiosas formaciones minerales y sus pistas, en general en buen estado, permiten una incursión cómoda y en condiciones. Pedaleamos a primera hora de la mañana, evitando el infierno del mediodía y buscando una luz rica en matices, capaz de resaltar el paisaje. Los Monegros se despliegan en pequeños barrancos surcados una vez por un agua hoy inexistente. Las pistas los atraviesan o los bordean, mientras nos imbuimos de este microcosmos ajeno al mundo real. Algunos campos aparecen repentinamente; alguien los debe labrar. Alguien que no está aquí. Es la huella humana en este cosmos tan cercano y tan lejano de la civilización.

volata_gravel_24082016015Las Bardenas Reales
Las Bardenas Reales, como los Monegros, hay que vivirlas a primera o última hora del día. El espacio ya no es el Midwest inicial de este viaje, sino un Far West en toda regla. Los caprichos del agua y el viento han modelado formaciones estrambóticas, dando lugar a su fisionomía actual. Se trata de un paisaje cataclismático, del día después. La vida, aquí, es menos vida. El rastro humano se resume en alguna pequeña cabaña autoconstruida con funciones de refugio para cazadores. El escenario haría las delicias de los cinéfilos seducidos por el Western.
Arcillas, yesos y areniscas lo dominan todo. De carácter dócil, estos materiales han permitido que las inclemencias excaven profundos barrancos y surcos, y modelen mesetas de aspecto tabular. El espacio lo pueblan cumbres planas y, por contraste, también afiladas agujas y crestas frágiles y quebradizas que se desmenuzan bajo nuestros pies cuando las recorremos. El ciclista se debe limitar a circular por las pistas principales, anchas y de buen firme, porque hay que tratar con todo el cariño que se merece este Monument Valley a escala. El silencio es absoluto, harmoniza con un paisaje mínimo, austero, de vida casi imperceptible. Un canto a la sobriedad, tan solo resquebrajado por el penetrante zumbido de los cazas del Ejército del Aire, que se ha apropiado de una parte de este pequeño universo para reducirlo a campo de tiro. Sin palabras…

El río Ebro. Agua, fruta y viñedos
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De las Bardenas Reales hacia la Rioja, no hay más que seguir el río Ebro. A pocos kilómetros del desierto, se da esta realidad fluvial. La abundacia de agua riega su vega: en ella, se desarrolla una fértil actividad agraria. Frutales y hortalizas y un rico bosque de ribera mueblan el GR-99, el sendero de Gran Recorrido que, fiel al río, lo acompaña de su nacimiento a la desembocadura en el Mediterráneo. Remontamos el Ebro por esta pista que, meandro a meandro, registra cada acto, cada curva, cada gesto del agua. Logroño nos acoje. La ciudad y sus tapas, y sus calles agitadas con gran trasiego de viandantes, entre los cuales destacan los peregrinos que se dirigen a Santiago de Compostela. Se los reconoce a la legua: no pueden disimular un andar perjudicado por los días de marcha, además de ostentar la omnipresente concha y una piel que el sol se ha encargado de tostar. Las pistas de grava y asfalto surcan viñedos y campos de cereal. Los primeros lucen un orden casi marcial, en filas perfectas y equidistantes; los segundos, un amarillo intenso salteado de balas de paja. A la vista, siempre algún grupo de peregrinos arrastrando los pies por estas polvorientas pistas. El vino y el peregrino, el uno y el otro, son los principales reclamos turísticos de esta tierra antigua, plagada de muestras de arquitectura medieval.

gravel-le-nomade_2016_26082016005La sierra de la Demanda y el manto forestal
Pronto nuestro viaje tocará su límite occidental y virará rumbo al sur. La sierra de la Demanda espera. Estas montañas conforman una muralla franqueable que supera la cota de los 2.000 metros. Desde la estación de esquí de Valdezcaray, las pistas de tierra ganan altura de manera progresiva. El firme, aceptable, permite recorrer con comodidad la espina de este macizo. En su vertiente meridional, Monterrubio de la Demanda está en fiestas. La obligada procesión y los vecinos ataviados con sus mejores galas nos transportan a una película de Buñuel. O quizás de Berlanga.
Los bosques, en Burgos y Soria, conforman un tapiz continuo y una fuente de riqueza para los pocos habitantes que pueblan sus tierras. Precisamente, esta última provincia es la que goza de menor densidad demográfica de Europa. Sus bosques, cumbres y campos disimulan bien la ausencia humana.
Por el cauce del cañón del Río Lobos, un sendero sin dificultad nos descubre sus paredes de un calcáreo excepcional. En sus tonos grisáceos y rojizos resuena el canto de las rapaces que las habitan. El fresco de la mañana impide que la luz penetre; el momento del día no hace justicia a la belleza del paraje. Hay que esperar a que el sol se eleve. La soledad de este espacio se abre sobre una esplanada de hierba, donde la ermita románica de San Bartolomé se yergue impertérrita frente a la roca vertical.

Hacia Valencia
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El camino hacia Valencia depara, una y otra vez, repetidos toboganes de intensidad variable. Guadalajara, esa geografía rítmica, se vuelve altamente tediosa al ciclista. Viento, rectas y toboganes lo acorralan hasta llegar a Teruel.
La ciudad aragonesa tiene algo de señorial y su patrimonio se sumerge en la profusión ornamental del estilo mudéjar. No en balde parte de éste ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Un receso y una visita son obligados antes de encarar la última parte de esta road story.
Hacia Valencia, hay que recorrer a la artería ciclista más larga de España, si queremos cubrir con cierta eficiencia los 140 kilómetros que separan las dos ciudades. La Vía Verde de Ojos Negros alterna asfalto con tierra por los escenarios de la Batalla de Teruel. Barracas, el primer pueblo de Castellón, es un concentrado de pocas casas y diversos restaurantes de carretera, y algún burdel para completar el alto en el camino. Parada obligatoria de transportistas en su trayecto hacia el Mediterráneo. Del alto de Barracas, el valle del río Palancia se puebla de almendros que los naranjos sustituirán más tarde. El clima seco cede ante una humedad intensa que altera la transpiración. La costa está a tocar; lo anuncia el monocultivo del cítrico, que se extiende por el llano. Cae la tarde; los animados pueblos de la Huerta de Valencia son el alegre contrapunto a las tierras enjutas. La entrada en Valencia, a su casco antiguo, la realizamos por las Torres de Serranos, las puertas medievales que cerraban la ciudad al viajero. Son las 21’30 horas. Bajo la noche, las calles engullen ríos de gente en busca del fresco en la multitud de terrazas que tapizan sus plazas y plazoletas. Los palacios medievales nos hablan de un tiempo pretérito donde las letras y el comercio situaron esta ciudad en el centro de la cultura mediterránea. Hay que pasearla para entenderla. Bienvenidos al presente.

NOTAS:
1. Texto extraído de un artículo que he escrito para la revista Volata #9.
2. Este viaje se realizó con dos bicicletas Gravel Le Nomade, con cubiertas de 700×42.
GALERÍA

2 comentarios

  1. Realmente habéis hecho un viaje muy guapo y sólo leyendo el texto te entran ganas de subirte a una bici y pedalear.

    1. Hola David, efectivamente fue de esos viajes cerca de casa pero que marcan por la singularidad de los lugares y la soledad de los paisajes. Encantado de que te haya gustado. Un saludo!

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