Una setmana amb Tom

Si la opción del material en el cuadro es un elemento diferenciador, el hecho-a-medida añade la exclusividad de la personalización. Pero Tom Bailly-Salins no se conforma con ello: ofrece un stage para construirte tu propio cuadro.

Hacía poco había leído un libro crucial sobre la cultura del trabajo, que me marcó. A The Craftsman (El artesano, editorial Anagrama, 2009), Richard Sennett formula una reflexión magistral, donde mezcla lutiers con programadores de Linux; disecciona el gesto del artesano y sus habilidades, el diálogo con los materiales y la temporalidad. Nos hace partícipes de esta cultura apasionante que se ha ido extinguiendo bajo las dinámicas globales, producciones masivas y deslocalizaciones. El artesano es todo lo contrario: espacios reducidos, producción limitada, amor por la pieza…

Si en el mundo de la bicicleta introducimos esta variable, encontramos de nuevo a los fabricantes artesanales, que han emergido con fuerza y veneración en los Estados Unidos y, con menor intensidad, en Europa. Yo quería un cuadro a medida, con unas cotas concretas, que yo mismo había calculado, para un uso polivalente de montaña y travesía, sin perder el encanto de la rueda de 29 (o 700), horquilla rígida y manillar con caída, tipo carretera. No me era suficiente encargarlo, sino que, después de aquella reveladora lectura, quería experimentar en propia piel la fabricación de una pieza ciclista, soñando algún día con poseer un pequeño taller. Semanas de navegación por Internet hasta dar con alguien que me ofrecía esta posibilidad: Tom Bailly-Salins, un francés afincado no lejos de Milán. Me puse en contacto con él y me enrolé en un stage de una semana en su taller.

Tom, ingeniero de telecomunicaciones, cursó los estudios de fabricación de cuadros en el United Bicycle Institute, en Portland (Oregón). Cuando volvió a Europa, decidió hacer un giro a su vida. Abandonó un trabajo estable y montó en el garaje de casa un pequeño taller donde construye cuadros a medida de acero y titanio. Pero añadió un punto de originalidad y de seducción para los amantes de las delicatessen ciclistas: stages de fabricación de los propios proyectos, una semana más que intensa con jornadas que rozan las 11 horas con poco descanso. Una lección, también, que nos hace ver que el tiempo de la artesanía es lento y humano y quiere paciencia, y no conjuga precisamente con el sentido de la inmediatez a que nos tienen acostumbrados los tiempos modernos.

STAGE TOM

Paso a paso. Durante las semanas previas, intercambio de correos electrónicos para acordar la tuberia que utilizaríamos (marca, modelo, diámetro, espesor…) y perfilar detalles de la geometría, a partir de las premisas de comportamiento y de utilización que se reclamarían a la futura bicicleta. Una vez en el taller, manos al trabajo: medir los tubos y mucho trabajo de fresadora para cortarlos directamente con los ángulos deseados. Y algunas acciones delicadas, como el corte de vainas y tirantes. Después, lima y papel de lija; limpieza con acetona. Todo preparado para la soldadura. Tom da la opción de soldar con TIG o bien con autógena. Opté por la segunda, más lenta, menos precisa, pero que admite más margen de error.

Al final de cada jornada, los dos, maestro y alumno, contemplábamos en silencio el cuadro, que iba tomando forma lentamente, comentábamos los siguientes pasos y preparábamos las tareas pendientes. Me iba a dormir exhausto, sí, pero con la cabeza clara y la ilusión de encarar un nuevo día. Para quienes trabajamos sumidos en la pantalla del ordenador, bajo la presión de la velocidad de procesamiento de la información y la obsolescencia de ésta, aquella semana supuso un ejercicio de paciencia y meticulosidad, pero también un reencuentro del tiempo humano, el tiempo del creador, aquel que, desde cero, construye una obra, ya sea musical, plástica, literaria o ciclista.

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www.otmbikes.com

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