1982

Como forastero, me sentía observado. Pero me gustaba: la adolescencia conlleva una cierta exibición, y más, consciente de mi singularidad, puesto que no había, al menos aquí, demasiados especímenes de mi edad circulando en bicicleta decorada con dos alforjas y bolsa de manillar. Tenía 14 años, corría el año 1982 y alguna indescriptible motivación me incitaba a explorar carreteras y caminos.

No eran viajes lejanos, porque ni la edad ni el presupuesto ni mis padres me lo permitían. Destinos cercanos y nada exóticos que, en bicicleta, me aportaban una recompensa extra, de distancia y proximidad a su vez. Revisitaba pueblos por donde había pasado en repetidas ocasiones, aletargado en el asiento trasero del coche familiar, y que nunca me habían suscitado ningún tipo de curiosidad. En bicicleta y autónomo, constaté que cuando paraba en ellos, me impregnaba de sus escenarios, de las calles y plazas, de su gente. Me sumergía, todavía jadeante por el esfuerzo, en el olor de fritanga de los bares, aliñado con humo de los caliqueños y cigarros, y con alboroto: una solución compacta de griterío, discusiones, conversaciones cruzadas, televisión (que no escuchaba nadie) y martilleo de las piezas de dominó con que los jugadores aporreaban las mesas para demostrar, con un golpe seco, autoridad y maestría en el juego.

De este modo y a la velocidad de mi vehículo, educaba, semana tras semana, la mirada y el sentido geográfico. Buscaba por intuición la salida de los pueblos, escrutaba en cada esquina los nombres de las calles por si éstos me aportaban alguna pista que me encaminara hacia la siguiente población. Y, si finalmente no lo lograba, preguntaba. Así fui tejiendo mi mapa mental, una geografía propia de caminos, pequeñas carreteras y enlaces sin tráfico que me permitieron evitar las vías principales.

Hoy todavía practico este pedaleo, con la misma indescriptible motivación que me lleva a indagar sobre el terreno grietas intransitadas que me permitan lograr mi próximo objetivo, continuar mi viaje. Sí, reconozco con satisfacción que esta necesidad de impregnarme de territorio ha quedado irremediablemente incrustada en mi ADN ciclista. Pero a estas alturas de la vida no tengo ninguna intención de despojarme de ella.

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