No todo es gravel

El ciclismo de grava, el gravel, se ha disparado. El gravel es viral, la gente se enrola seducida por su filosofía y por la estética de este ciclismo. Se respira una efervescencia; el ímpetu de todo movimiento incipiente. No obstante, me da la impresión de que sus límites, conceptuales y físicos, se enfrentan a un estado de confusión palpable.

Gravel significa grava, piedra pequeña, poco obstaculizadora, que permite rodar con eficiencia y sin mucha trabas. Gravel encuentra sus orígenes en las gravel roads de los Estados Unidos, carreteras mantenidas, señalizadas, pero no asfaltadas, y generalmente de perfil suave. En Europa existen varias versiones y una de las más conocidas dentro del mundo del ciclismo son las strade bianche. Estas son vías de circulación interurbana propias de la Toscana (Italia), señalizadas también, pero como en el caso anterior, no asfaltadas. Allí se dan cita ciclistas vintage en octubre, cuando se celebra L’Eroica, y ciclistas profesionales durante la carrera que lleva por nombre de este tipo de vías. En cualquier caso, son de grava, rápidas y transitables sobre bicicletas con cubiertas de carretera o ciclocross (yo participé en L’Eroica con tubular de carretera de 23mm, sin sufrir ningún pinchazo).

Aquí, ¿a qué equivaldrían? Como en nuestro caso el asfalto ha creado un manto homogéneo en buena parte del territorio y tiene intenciones de continuar colonizándolo (suerte de la crisis que lo ha frenado), las carreteras de grava han desaparecido (mientras que en países como Finlandia, porque tienen un nivel cultural más elevado, todavía las conservan). Para quienes amamos este tipo de vías, nuestra geografía, eminentemente rural, nos proporciona una de sus maravillas, los caminos que unen pueblos o discurren entre partidas de campos. Existen centenares y centenares de kilómetros de esta red riquísima en un estado entre excelente y aceptable. Son caminos y pistas que nos permiten navegar sin encontrar más que un puñado de agricultores motorizados, ningún ciclista y algún paseante. Este patrimonio viario, el de las gravel roads al estilo local, es riquísimo y poco apreciado (también poco conocido).

Ahora bien, ¿cómo acotamos conceptualmente el gravel? Se habla de gravel con una cierta laxitud, donde casi todo vale. Pero el gravel, en su esencia, encuentra sus límites precisamente allá donde el paisaje ondulado de campos y grandes extensiones deja paso a la montaña más o menos abrupta y a sus pistas, con funciones muy diferentes. He visto designar por “*gravel” pistas de montaña que, a pesar de su buen estado, nunca tendrán el sentido y la función de las primigéneas gravel roads; o atribuir el calificativo de “gravel” a una bicicleta con ruedas de btt, manillar caído y horquilla rígida (estilo Le Nomade); o, al contrario, a una de ciclocross puro. Cada cosa por su nombre. Una bicicleta de grava recuerda exteriormente a esta última, pero la geometría (y por lo tanto, el comportamiento) es muy diferente, enfocada a espacios abiertos y horas de pedaleo. En el gravel, además y desde mi óptica,  se da un componente estético y paisajístico. El entorno es determinante: paisajes de campos abiertos, a pérdida de vista que invitan a atravesarlos.

Sólo en Cataluña pienso en los mil y un rincones donde poder circular por grava: l’Empordà, el Anoia, el Penedès, la Segarra, el Segrià, el Delta del Ebro, la Terra Alta, el Bages, el Vallès… Todos rurales y a la espera de que el ciclista mestizo, ni de carretera ni de montaña, haga sus incursiones.

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